Hace unos días conté aquí que mi madre llevaba toda la tarde con la lana, haciendo un jersey para el frío, y que yo me quedaba al lado dibujando en el margen de la libreta mientras la veía.
Una compañera comentó que a ella le pasa igual con las manos de alguien tejiendo, y otra dijo que lo de los garabatos le daba ternura porque a ella se le va así el rato cuando está nerviosa.
Pues le pedí a mi madre que me enseñara el punto más sencillo, el que se repite al principio de cada vuelta. No apunté los pasos enteros porque luego no los miro, así que hice lo mismo que con los apuntes del curso: una flecha para “por delante”, un punto para “por detrás” y una rayita para “se suelta aquí”.
Las primeras vueltas me salieron torcidas y mi madre se reía un poco (sin burla, de la buena), pero después de practicar un rato las manos ya sabían a dónde ir sin mirar el dibujo.
Ahora, al llegar de turno de tarde, en vez de coger el móvil me siento con la lana un rato antes de dormir. No sé tejer nada que valga todavía, pero las manos se quedan quietas y la cabeza también.
